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Sanando a la comunidad

Publicado: 13 Junio 2018 | Visto 379 veces

Una de las virtudes más difíciles de sembrar y cultivar diariamente, podría decir que es la humildad. Y la mejor manera de hablar acerca del tema es enfocándonos justamente en lo opuesto. ¿Qué tan orgulloso es usted? ¿Qué tan consciente es usted de su orgullo? La Biblia habla mucho acerca del tema e incluso el Señor Jesucristo nos anima a ser mansos y humildes de corazón como él (Mateo 11:29).

El orgullo es poderoso porque puede atormentar y destrozar a la persona. Este tiene poder para consumir, quitar toda energía del cuerpo y vaciar el alma. El orgullo distorsiona mental y emocionalmente al individuo. Toda persona orgullosa se resiente ante la corrección y las sugerencias de otros. El orgullo siempre saca a flote la actitud de: ¡Yo sé lo que estoy haciendo! ¡Nadie me tiene que decir lo que yo debo hacer! El rey Salomón dijo que los entendidos adquieren consejo (Proverbios 1:5). El orgullo tiene poder para quebrantar las amistades, familias e iglesias enteras.

A toda persona orgullosa se le hace difícil poder expresar, ¡Lo siento, estoy equivocado! De una u otra manera encuentra la manera de justificar sus errores para poder proteger su yo. La humildad nos da la oportunidad de mostrar nuestra fuerza y nobleza al reconocer que somos humanos. Por lo tanto, cometemos equivocaciones. El orgullo guía a la persona hacia la debilidad, la necesidad de vindicarse a sí misma, y a tener que tener la última palabra.

El orgullo no deja olvidar la ofensa, mientras que la humildad la deja pasar. Proverbios 19 versículo 11 dice, “Honra (del Hombre) es pasar por alto la ofensa.” Los orgullosos siempre exigen del ofensor una disculpa sin importar que tan pequeña haya sido la ofensa. Ellos están tan concentrados en su “yo” que les hace ser súper sensibles a propias heridas, pero muy insensibles a las heridas de otros. E incluso a no darse cuenta cuando ellos hieren a otros. A ellos les gusta reflexionar y hablar extensamente acera de las injusticias que han sufrido.

El orgulloso siempre piensa que su dolor es mucho más grande que el de los demás.

El orgullo lleva a la persona a pensar: Yo no te necesito a ti, ni a nadie más. Yo puedo hacerlo a mi manera y conmigo basta y sobra. ¡Nadie me dice a mí lo que debo hacer! En cambio, la humidad dice: Por favor, ayúdame, no tengo todas las respuestas y las fuerzas para lograrlo. Necesito de tus consejos y oraciones para alcanzar el éxito.

El orgullo complica la vida del ser humano, hace al hombre muy técnico y lo esclaviza a ser miserable. En cambio, la humildad nos hace libres de las luchas internas y contiendas externas. Nos ayuda a edificar y disfrutar las relaciones por la paz que trae.

Santiago nos da la clave al recordarnos en su carta, “Humillaos delante del Señor y él os exaltará” (Santiago 4:10).

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