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La sociedad actual necesita un balance

Publicado: 10 Abril 2017

La empatía hace que las personas se ayuden entre sí. Está estrechamente relacionada con el altruismo - el amor y preocupación por los demás - y la capacidad de ayudar. Cuando un individuo consigue sentir el dolor o el sufrimiento de los demás poniéndose en su lugar, despierta el deseo de ayudar y actuar siguiendo los principios morales.

Me queda claro después de leer y reflexionar en la definición de esta palabra, que el papel aguanta con lo que le pongan, la sociedad en la que vivimos actualmente y en la que están creciendo nuestros hijos, y su descendencia se ha deshumanizado por completo. Cero valores morales, cero respeto a las arrugas y mucho menos a las canas, cero respeto a la edad, cero respeto a las autoridades. Cada vez nos convertimos en seres ingobernables, ambiciosos, y antagónicos.

En la búsqueda por encontrar una respuesta a este delicado y destructivo proceso de evolucionar, porque cada cierto tiempo evolucionamos, cambian nuestras prioridades de vida, nuestras ambiciones, me encontré con La Ecpatía que se define como la acción mental compensatoria que nos protege de la inundación afectiva y nos permite no dejarnos arrastrar por las emociones ajenas, saber separarse en la implicación. Mientras que la empatía comporta metafóricamente hablando “ponerse en el lugar del otro”. Ecpatía comporta “ponerse en el propio lugar”.

La ecpatía no es lo mismo que la frialdad, la indiferencia o la dureza afectiva, sino que es una maniobra mental de carácter voluntario por el cual podemos, deliberadamente, excluir sentimientos o emociones que nos transmite la situación que vive una persona cercana a nosotros. En cierta forma, es exactamente lo opuesto a la empatía.

Todas las emociones pueden llegar a ser contagiosas, tanto las agradables como las desagradables. Si el grado de implicación de una persona que se dispone en actitud empática con otra no es correcto, se corre el riesgo de caer en lo que Carmen Berry llama la trampa del mesías: amar y ayudar a los demás olvidándose de amar y ayudarse a sí mismo, siguiendo el enfermizo lema: “si no lo hago yo, nadie lo hará”. Quien está obsesivamente convencido de esto, ha caído en la trampa y también está convencido de que las necesidades de los demás siempre tienen preferencia sobre las propias, dejando que los otros condicionen las propias acciones y descuidándose a sí mismo por culpa de la creencia de que todos somos uno.

Ningún extremo es mayormente bueno o malo, si abusamos de nuestra capacidad de amar o de ignorar podríamos convertirnos en seres vacios, movimos por una corriente de sentimientos sin base ni estructura. En mi experiencia personal el conocer de Dios y su palabra en mis primeros años de formación, ha sido la roca que me ha sostenido en los momentos en los que uno quiere abandonar, ya sea por cansancio o por la frustración que provoca el saber que hagamos lo que que hagamos nada pasa.

Sin embargo hay una buena noticia, ni yo misma me imagine escribiendo sobre un tema que seguro la sicología domina mejor que yo, sin embargo la humanidad todavía tiene esperanza y la constituimos cada uno de nosotros, poniendo en práctica lo que aprendimos de niños, proyectando amor, cuidando celosamente lo que nos hizo hombres y mujeres de bien y trasládalo a nuestras generaciones.
No podemos perder la batalla frente a un enemigo conocido e identificado, el balance de este mundo somos nosotros mismos a través de Cristo Jesús, no podemos bajar la guardia y mucho menos rendirnos cuando es el momento de luchar. Padres rescatemos a nuestros hijos, esposos, esposas rescatemos nuestras familias, educadores no se rindan ante el espectrum de la tecnología. Los conceptos pre-concebidos matan, la autenticidad del ser humano restaura, no todo está perdido ¡!!!.

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