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Muere Choi Eun-hee, la actriz a la que secuestró Corea del Norte

Publicado: 17 Abril 2018

Fue una de las grandes estrellas del séptimo arte en Corea del Sur. Kim Jong-il, el “Querido líder” de Corea del Norte y cineasta frustrado, se obsesionó con ella hasta tal punto que a finales de los años 70 ordenó secuestrarla, a ella y a su esposo el director de cine Shin Shan-ok, para trasladarlos al norte y que participaran en las películas del régimen. A los 91 años, Choi Eun-hee ha muerto en un hospital surcoreano.

Nacida en 1926, debutó en la gran pantalla en 1947 y para los años 60 ya se había convertido en una de las grandes divas de la pantalla grande surcoreana, de la mano de Shin. Pero en 1978 su carrera se encontraba en decadencia.

La pareja se había divorciado y afrontaba graves problemas económicos, después de que la dictadura surcoreana hubiera retirado los permisos a la productora que tenían en común.

En ese momento, un hombre que aseguraba ser un productor de Hong Kong, Wang Dong-il, le ofreció protagonizar una de sus películas, y la invitó al territorio que entonces era aún colonia británica. Con la esperanza de relanzar su carrera, ella aceptó, según figura en el libro “A Kim Jong-il Production”, de Paul Fischer.

Pero Wang era, en realidad, un agente norcoreano. En Hong Kong, Choi fue capturada por dos hombres, puesta en una lancha y sedada. Cuando despertó, se encontró a bordo de un carguero con destino a Corea del Norte. Supo quién la había capturado al ver el retrato de Kim Il-sung, el “Eterno Líder” norcoreano, en el camarote. Un chalé de lujo la esperaba en Pyongyang.

Tras su desaparición, su exmarido, que ya para entonces había formado una nueva familia, se convirtió en el principal sospechoso. Intentando averiguar el paradero de su exmujer, viajó a Hong Kong y él mismo fue secuestrado también, seis meses después de Choi.

En Pyongyang, Kim Jong-il, ya para entonces el heredero claro del régimen de su padre Kim Il-sung, les mostró su colección de cerca de 15.000 películas y les exigió que cada día vieran y le comentaran cuatro de ellas.

Con el tiempo, y tras varios intentos de fuga por parte de Shin, ambos acabarían aceptando que su única esperanza de salir de allí era colaborar con el régimen. Kim, por su parte, terminaría revelándoles su plan: que se ocuparan de transformar la industria cinematográfica norcoreana para que pudiera rivalizar con la de Estados Unidos y otros países punteros. “Odiaba el comunismo, pero tenía que fingir que lo veneraba, para escapar de esa república estéril”, declaró Shin a The Guardian en 2003. “Era una locura”.

Hasta 1985, ambos rodaron varias películas en Corea del Norte, sin que Kim Jong-il reparara jamás en gastos. La más conocida, quizás, y una de las más disparatadas, sea la historia de monstruos Pulgasari, una versión de la japonesa Godzilla en la que una terrible bestia despierta con la sangre de la hija de un herrero encarcelado y consigue derrocar al malvado emperador de esas tierras.

Kim hizo traer, incluso, a Kenpachira Satsuma, el actor nipón que había lucido el disfraz de la Godzilla original, para aumentar el atractivo de una película que él consideraba una obra maestra.

En 1986 ambos recibieron permiso para viajar a Viena y promocionar las películas. La pareja aprovechó la oportunidad para escapar y pedir asilo en la embajada estadounidense. Él intentó hacer carrera en Hollywood, aunque nunca logró el éxito que había cosechado en su país natal, y acabó regresando a Corea del Sur en los años noventa. Murió de hepatitis en 2006.

Ella también retornó a su país de origen, aunque no volvió a ponerse delante de las cámaras. Sí recibió numerosos homenajes y premios a toda su carrera y siguió gozando del afecto de los aficionados al cine surcoreanos.

Su odisea fue objeto de varios libros y películas, incluidos sus respectivos volúmenes de memorias. En 2016 se estrenó el documental “The Lovers and the Despot”, sobre sus experiencias en Pyongyang y que incluye grabaciones de conversaciones entre ellos y Kim.

Aunque sí fue uno de los más conocidos, el de Choi y Shin no fue el único secuestro de ciudadanos extranjeros ordenado por Corea del Norte. Desde el final de la guerra que dividió la península (1950-53), unos 3.000 surcoreanos, la mayoría pescadores que faenaban en aguas cercanas a la frontera, fueron capturados y trasladados al norte del paralelo 38.

Se calcula que cerca de 500 aún puedan residir allí. También fueron secuestrados ciudadanos japoneses, rumanos, tailandeses o de Líbano, para que adiestraran a espías norcoreanos en su lengua y sus costumbres. Tokio cree que aún una decena de sus compatriotas se encuentran en aquel país, aunque Pyongyang lo niega.

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