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El terremoto político del 'caso Odebrecht' recorre Sudamérica

Publicado: 04 Enero 2018

El presidente de Ecuador, Lenín Moreno, terminó este miércoles de sellar la suerte de su vicepresidente Jorge Glas. Condenado a seis años de cárcel por sus vínculos con la constructora brasileña Odebrecht, Glas había estado 90 días “ausentado temporalmente” de un cargo al que no regresará.

Moreno quiere utilizar el escándalo Odebrecht para profundizar su sórdida pelea con el exmandatario Rafael Correa. Pero lo que ha ocurrido con Glas en Ecuador estuvo a punto de suceder en Perú con el jefe del Estado, Pedro Pablo Kuczynski, y puede repetirse en cualquiera de los países de la región donde la empresa jugaba fuerte esas cartas que, al quedar a la vista, la convirtieron en mala palabra.

El crecimiento exponencial de Odebrecht dentro de Brasil y en toda Sudamérica entre el 2008 y el 2015 fue acompañado por el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula y Dilma Rousseff como parte de una estrategia de expansión del capital brasileño que llegó incluso a África, Oriente Próximo, Europa y EEUU. Odebrecht pasó a representar lo mismo que Samsung en Corea del Sur. Carreteras, electricidad, plástico, gas, petróleo, centrales nucleares, agua, agroindustria, sector inmobiliario, defensa, transporte, finanzas, seguros, servicios ambientales, presas, petroquímica.

Osadía en Cuba
El poder de la multinacional llegó tan lejos que se instaló en Cuba desoyendo a la Casa Blanca. Odebrecht no solo se metió en el negocio del azúcar (del que acaba de salir). Algo más importante: los Castro le encargaron la reforma del puerto de Mariel. Cuando todavía nada se sabía del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, un brasileño se quedaba en los hechos con la cabecera estratégica. Según relataría un miembro de la familia Odebrecht, lo del puerto de Mariel fue un pedido de Hugo Chávez a Lula. A la inteligencia norteamericana no se le pasó por alto semejante osadía.

Desde el 2014, Brasil entró en un pozo de sombras por los casos de corrupción en los que la petrolera estatal Petrobras y su socia Odebrecht comenzaron a ser nombradas como figuras intercambiables. Cayó la presidenta Rousseff, y su sucesor interino, Michel Temer, es un equilibrista que camina sobre un hilo muy delgado. Si a principios del siglo XXI el Brasil liderado por Luis Inacio 'Lula' da Silva aspiraba a dotar a la región de una autonomía relativa frente a las potencias en medio del caos global, 15 años más tarde solo quedó de esos deseos el nombre de una trama oscura.

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