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China se encamina a una dictadura sin precedentes

Publicado: 12 Marzo 2018 | Visto 388 veces

Xi Jinping mandará en China mientras quiera. La Asamblea Nacional Popular derogó los límites temporales de la presidencia y liberó a Xi de los corsés legales que constreñían su percepción mesiánica. China aprobó ayer la mayor revolución política de las últimas décadas por 2.957 votos a favor, dos en contra y tres abstenciones. Pekín pretendía el consenso mayoritario en lugar de la unanimidad para revestirlo de cierto aroma democrático.

Xi abrió el desfile de los delegados hasta la urna roja situada en el centro del escenario de la sala principal del Gran Palacio del Pueblo bajo los animados acordes de la canción bubugao (“Un paso y otro hacia arriba”) y la representación en la pared más noble de la Ciudad Prohibida, vestigio de una época imperial a la que muchos temen que China regresa.

Quince minutos bastaron para lapidar casi cuatro décadas de controles en el partido designados para evitar los errores del pasado. “Puedo anunciar que las propuestas de enmiendas de la Constitución de la República Popular de China han sido aprobadas”, dijo el portavoz. “Levantemos alto el estandarte del socialismo con características chinas a través del estudio y la aplicación del Pensamiento de Xi Jinping”, añadió.

También fueron aprobadas la inclusión del ideario del presidente en la Carta Magna y la creación de comisiones para investigar a miembros del partido y funcionarios, dos propuestas del partido enviadas al Parlamento para su rutinario trámite.

El partido confiaba en que la genética apolítica de su pueblo y el apoyo masivo que genera Xi evitaría las críticas y se equivocó. El sistema político chino está tan alejado de la democracia occidental como de las dictaduras bananeras.

Prevé contrapesos de poder, las diferentes facciones necesitan negociar y ceder para tomar las decisiones de forma colegiada entre bambalinas e impera una cierta meritocracia, con un porcentaje de miembros con formación científica en el Politburó que supera a cualquier consejo de ministros del mundo.

Es un sistema que Pekín califica de democracia de consenso y del que los chinos se sienten cómodos e incluso orgullosos si, además, ha proporciona décadas de crecimiento económico y estabilidad social.

Pero esta involución al absolutismo de aroma norcoreano está reñida con cualquier pretensión de modernidad y ha empujado a muchos que mostraban un olímpico desinterés político a la sorpresa y la indignación.

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