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Sanando a la comunidad

Publicado: 18 Octubre 2019 | Visto 396 veces

La falta de humildad es un pecado de terribles consecuencias. El orgullo tiene poder para arruinar el alma, ahogar nuestro amor y no dejarnos arrepentirnos de nuestras equivocaciones. Es un pecado que puede echar profundas raíces en el corazón y que no desaparece con facilidad.

Aquí hay algunos ejemplos de la manifestación del orgullo. Una persona orgullosa en una situación difícil piensa, “Mira lo que Dios me echo, después de todo lo que yo he hecho por Él.” Por lo tanto, se quejan o pasan juicio sobre Dios y las personas. Las personas orgullosas generalmente piensan que merecen lo que es bueno y mejor. Ellos no ven ninguna razón para estar agradecidos por lo que han recibido. Por lo tanto, hay una falta de gratitud en ellos. El orgulloso está en la cima de la montaña, mirando a otros con menosprecio. Por lo tanto, piensa de sí mismo más de lo que debe pensar. Asimismo, sino se enojan regularmente, porque sus “derechos” o expectativas no son satisfechas.

El orgulloso habla mucho frecuentemente de lo que hace, porque piensa que lo que tiene que decir es más importante que lo que otros tienen que decir. Salomón dijo, “En las muchas palabras no falta pecado; más el que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19). Algunos orgullosos están demasiado preocupados por lo que los demás piensan. Incluso, muchas de sus decisiones se basan en lo que otros piensan. Algunos están en una búsqueda continua de ganar la aprobación y estima de los hombres, en vez de Dios.

Es difícil enseñar a un orgulloso. Porque ellos piensan que lo saben todo y se ven a sí mismos como superiores, lo que los lleva a no respetar a otros. Asimismo, el orgulloso carece de tener una actitud de servicio. No pueden servir porque no pueden pensar en el prójimo, y si lo hacen, es porque de alguna manera ellos obtendrán algún beneficio o reconocimiento. La persona orgullosa raramente se preocupa por los problemas de los demás, pues, no pueden ver más allá de sus propios deseos.

El orgulloso resiste a la autoridad y es irrespetuoso. Tiene problemas para que otros le digan cómo o qué es lo que tiene que hacer. Su orgullo se manifiesta en su falta de sumisión. Es interesante que la persona orgullosa siempre tendrá excusas, en vez de admitir su equivocación. Ellos tienen grandes problemas para pedir sinceramente perdón, minimizando sus propios pecados. Ellos creen que su pecado no es gran cosa.

El orgullo lastima, destruye y quita la posibilidad de sembrar y cosechar la humildad que Dios requiere. Como cristianos debemos luchar diariamente contra el orgullo para poder vivir una vida que agrada a Dios. El apóstol Pedro dijo, “... revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” (1 Pedro 5:5-6).

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