test

Heydi Gámez una niña migrante hondureña que soñaba con volver a ver a su padre

Publicado: 19 Julio 2019 | Visto 716 veces

A Heydi Gámez García la encontró su tía pasada la medianoche. En las últimas semanas, Heydi, una inmigrante hondureña de 13 años, se había deprimido mucho porque su padre estaba detenido desde principios de junio cuando lo atraparon cruzando ilegalmente la frontera sur.

Era su tercer intento en cuatro años para llegar a Estados Unidos y reunirse con su única hija, que vivía con sus hermanas en Nueva York. Pero los días se convirtieron en semanas y los familiares dicen que cuando pasó más de un mes sin que lo liberaran, la niña empezó a perder sus esperanzas.

Alrededor de las 10:30 de una noche reciente, Heydi se encerró en una habitación y dijo que quería estar sola. Una hora y media después, su tía Zoila abrió la puerta para ofrecerle un bocadillo. Pensó que tal vez unas galletas y leche la alegrarían.

Pero la cama con sábanas azules y violetas estaba vacía. Zoila se asomó por la ventana y después vio hacia el clóset en el otro extremo de la habitación: ahí estaba Heydi, colgada del cable de un cargador de teléfono.

Estaba inconsciente, al borde de la muerte. No había dejado una nota, nada que explicara por qué había intentado acabar con su vida.

“Era tan inteligente que no tiene sentido que tomara una decisión como esta, una decisión tan alejada de su carácter”, dijo Jéssica Gámez, de 32 años, la tía con la que vivía Heydi en la localidad de Brentwood que está en Long Island. “Pensé que estaría más segura aquí conmigo que en Honduras”.

La historia de Heydi es muy parecida a la de miles de familias centroamericanas que en los últimos años han llegado a los Estados Unidos con el fin de solicitar asilo para escapar de la tumultuosa realidad de sus países, y con la esperanza de que los desafíos de construir una nueva vida en un país ajeno no sean mayores que los que han dejado atrás.

La madre de Heydi abandonó a la familia cuando apenas tenía dos meses de nacida; sus abuelos, que la criaron en Honduras, murieron.

Heydi estuvo entre quienes encontraron a su abuelo agonizando en la calle después de un ataque de pandilleros.

Luego se mudó a Nueva York y experimentó los retos normales de la adolescencia al ir a una nueva escuela y tener que aprender inglés. Pero más que otra cosa, dicen sus amigos y familiares, extrañaba a su papá.

“Heydi estaba tan emocionada cuando le dijo que iba a venir. Creo que la idea de que su papá estuviera aquí era como un refugio para ella”, dijo Erika Estrada, de 25 años, que conocía a Heydi de la Iglesia del Evangelio del Tabernáculo en Brentwood. “Perdió a sus abuelos, su madre la abandonó y tenía todo este amor de hija que no podía darle a sus tías o tíos, solo a él”, dijo Estrada.

Desde hace mucho tiempo, la historia de la inmigración estadounidense ha estado marcada por las familias divididas: uno de los padres viaja a trabajar a Estados Unidos, los niños y esposas a menudo se quedan en casa. En años anteriores, los trabajadores migrantes volvían a sus países al final de la temporada y luego regresaban. Pero la fortificación de la frontera luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001 y el aumento de las medidas de seguridad de los años posteriores han hecho que esos regresos sean mucho más complicados. En muchas familias, los hijos quedan separados de sus padres durante años, a menudo de por vida.

Mientras que el año pasado se registraron muchos casos de separaciones de familias y de niños migrantes que fueron detenidos en la frontera por las nuevas políticas migratorias del gobierno de Trump, las dificultades de la familia Gámez se extienden a lo largo de tres gobiernos presidenciales, en los cuales se debatió pero nunca se llegó a establecer una amplia solución legal para el trabajo migrante en Estados Unidos.

“Van a casa para atender a un papá enfermo, acudir a un funeral o por otra emergencia: sucede todo el tiempo”, dijo Marty Rosenbluth, un abogado que representa a migrantes en un centro de detención en Lumpkin, Georgia. “Luego los atrapan cuando intentan volver a Estados Unidos”.

Lo que le sucedió a Heydi se ha reconstruido a través de entrevistas con su papá, sus tíos, primos, una amiga de la familia y el abogado de su padre, así como con información de los casos de asilo de su familia, registros de las cortes federales y de las autoridades migratorias.

Heydi creció en una modesta casa en El Progreso, un pueblo al noroeste de Honduras flanqueado al este por una cadena montañosa y al oeste por el río Ulúa. Durante décadas esa ciudad fue un centro comercial para las plantaciones bananeras.

Pero para cuando Heydi nació, en marzo de 2006, El Progreso también se había convertido en el territorio de algunas de las pandillas más violentas del país, entre ellas la MS-13. Con frecuencia, los pandilleros pedían pagos en efectivo (“contribuciones”) a la familia de Heydi y a otros residentes a cambio de garantizar su seguridad.

La inestabilidad, combinada con la falta de oportunidades, llevó a su papá, Manuel Gámez, ahora de 34 años, a marcharse a los Estados Unidos. En 2007, dejando atrás a Heydi con sus padres, se escabulló por la frontera y viajó a Long Island donde su hermana Jéssica se había establecido dos años antes.

Estar lejos de Heydi la mayor parte de su niñez fue difícil, dijo Gámez, pero ganaba lo suficiente haciendo paisajismo como para enviarle dinero y mantenerla. Cuando la niña volvía de su guardería católica jugaba con los perros de la familia o andaba en una bici rosa que su papá le había regalado, recordó Zoila, otra de las hermanas de Gámez. Ocasionalmente ayudaba en la tiendita que sus abuelos tenían en la casa, donde asaltaba los anaqueles y hurtaba caramelos.

Pero un día de junio de 2014, la seguridad que los abuelos habían construido alrededor de Heydi se vino abajo. Después de meses de resistirse a entregar su pequeña camioneta a los pandilleros, su abuelo fue baleado a dos cuadras de su casa. Al escuchar la conmoción, Zoila salió corriendo y encontró a su padre que yacía en el suelo. Cuando le quitó su sombrero de ganadero vio que la sangre salía de su cabeza y formaba un charco en el pavimento. Heydi vio la escena a la distancia.

A días del asesinato, dijo Manuel Gámez, se subió a un avión para volver a Honduras. “No había nadie para cuidar a Heydi o a Zoila; mi mamá estaba muy enferma entonces”, dijo. “Pensé que podía ser riesgoso volver, pero no podía dejarlas solas allá”.

Cerca de un año después, la madre de Gámez murió de complicaciones de diabetes y, según sus hijos, de tristeza por la muerte de su esposo. Con cuatro de sus hermanos en Long Island y el miedo de más represalias por parte de las pandillas, Gámez decidió que Heydi y Zoila debían irse a Estados Unidos para estar seguras.

Primero mandó a Heydi, en el verano de 2015, y decidió quedarse en Honduras en caso de que la devolvieran en la frontera. El 25 de septiembre de 2015, después de casi dos meses en un albergue para menores migrantes, la niña de 9 años llegó al aeropuerto La Guardia; Zoila la siguió meses después.

Rodeada de siete primos de su edad, Heydi se adaptó bien a la vida en Estados Unidos, dicen sus tías y primos. En medio año aprendió inglés, motivada tanto por su ambición por triunfar en la nueva escuela como por su deseo de participar en las conversaciones secretas que sostenían sus primos en inglés cuando estaban cerca de sus tías y tíos hispanohablantes.

A través de videollamadas casi diarias con su papá en Honduras, empezó a enseñarle lo básico (Hello. How are you?) y a corregirlo por no aprender mejor el idioma, dado que él ya había vivido en Estados Unidos. Heydi llegó a enseñarle algunas frases para hablar con mujeres una vez que llegara a Estados Unidos; tal vez, cree él, como un modo de alentarlo a que le encontrara una mamá.

“Me enseñó a decir Are you married? Are you single?“, recordó, refiriéndose a las frases que se usan para preguntar el estado civil de una persona. “Yo lo decía y ella se reía y me decía que mi acento era muy malo”.

Heydi animaba a su papá a practicar. Tenía que prepararse para vivir con ella, dijo Gámez, quien le aseguró a su hija que llegaría pronto.

En junio de 2016, por las amenazas de las pandillas a su familia, Heydi consiguió el asilo, lo que le dio derecho a vivir permanentemente de manera legal en Estados Unidos. Por esa época, su padre hizo el primer intento de regresar a Estados Unidos. Pero era mucho más difícil cruzar la frontera que cuando lo había hecho por primera vez, hacía nueve años.

“La primera vez que vine crucé con un grupo grande: tomó dos días, fue fácil”, dijo. “Pero luego se volvió más difícil, mucho más difícil. Había agentes de la Patrulla Fronteriza por todas partes”.

Cuando Gámez fue aprehendido en McAllen, Texas, le dijo a los agentes que temía por su vida si lo devolvían a Honduras. Pero un funcionario de asilo consideró que su miedo no era creíble y fue deportado ese noviembre. “¿Cómo es que su hija y su hermana son ambas candidatas para asilo y él no?”, dijo el abogado de Gámez, Anibal Romero. “Claramente está huyendo por su seguridad, por las mismas razones. Esto solo muestra que este es un sistema fallido”.

En septiembre de 2017, funcionarios de inmigración detuvieron a Gámez cerca de Santa Teresa, Nuevo México, luego de otro intento para entrar al país. Fue condenado por volver a ingresar de manera ilegal, pasó 45 días en prisión y fue deportado a Honduras por segunda vez en noviembre.

Con cada intento fallido Heydi se desanimaba más. “Le dije: ‘No puedo estar allá ahora porque la ley no me lo permite’”, recordó. “Pero ¿cómo le explicas eso a una niña? ¿Cómo le explicas lo que son las leyes para ella?”.

Gámez permaneció en Honduras, donde vendía zapatos en la calle para ayudarse.

El año pasado, para cuando pasó a sexto grado, Heydi había empezado a experimentar enamoramientos. Durante meses se aferró a una nota de amor de Carlos, un compañero de clase. “Quiero que seas mi novia y que estemos juntos siempre. Dime qué piensas”, decía la esquela, con las esquinas dobladas y gastadas en un rectángulo perfecto y guardada entre las tareas en su carpeta.

Pero la niña también mostraba signos de angustia emocional. En la misma carpeta, Heydi escribió una nota en los márgenes de un poema que estaba estudiando en su clase de inglés. La estrofa que resaltó decía: “Y el pensamiento de mi propia abuela sin hogar/ sin un lugar en medio del frío/ cálido y para orar/ me puso triste y deprimida”. Heydi escribió: “Me recuerda a mi propia depresión”.

Jéssica atribuye la tristeza de su sobrina tanto al trauma de perder a sus abuelos como a su creciente ansiedad por saber si alguna vez se reuniría con su padre. Heydi a menudo se quejaba con sus tías de que todos los demás tenían una madre y un padre, pero ella se sentía como una huérfana.

La niña comenzó a suplicar que la llevaran a Honduras para estar con su padre. Pero Gámez insistió en que Heydi debía quedarse en los Estados Unidos, donde ya había ganado el asilo y tenía las oportunidades educativas que él nunca tuvo.

Cuando Heydi cumplió 13 años, en marzo, Gámez le prometió que estaría con ella cuando cumpliera 15 y celebrarían su quinceañera. Pero, al sentir su creciente desaliento, le dijo que intentaría cruzar la frontera en junio.

Los dos empezaron a hacer planes para pasar su primer verano juntos en los Estados Unidos: irían al centro comercial, al parque, a la pequeña playa en Bay Shore Marina.

Desde Reynosa, México, a principios de junio, Gámez llamó a Heydi y le dijo que casi estaba en los Estados Unidos. Tal vez no pudieran hablar en los próximos días, le advirtió, pero la vería pronto.

Gámez nunca tuvo la oportunidad de llamarla desde el otro lado de la frontera. Después de ingresar ilegalmente a los Estados Unidos fue capturado por agentes de la Patrulla Fronteriza que lo volvieron a detener. Cuando Heydi supo que su papá estaba bajo custodia, rompió a llorar. Durante días, dijeron sus tías, no quería salir de su habitación y perdió el apetito.

Jéssica pensó que si Heydi pasaba algunas noches con Zoila, su tía más joven, podría animarse. Planearon una salida a Six Flags para el 5 de julio. Pero el viaje nunca sucedió.

A las 0:36 de la madrugada del 3 de julio, la policía respondió a una llamada al 911 desde la casa de Zoila, donde los médicos trataron de resucitar a Heydi. La trasladaron al centro médico infantil de Cohen en New Hyde Park, donde los médicos determinaron que estaba “neurológicamente devastada”. Una semana después, declararon que tenía muerte cerebral.

El 13 de julio, el Servicio de Inmigración y Aduanas aceptó una solicitud de Romero, el abogado de Gámez, para liberarlo de la custodia con el fin de que estuviera con su hija moribunda. Las autoridades lo pusieron en un avión con un boleto de ida y vuelta desde Texas, donde volverá a estar detenido. Tenía 14 días para despedirse de Heydi.

Mientras el vuelo de Gámez desde Houston se acercaba a Newark, Jéssica y sus hermanos esperaban en la terminal de llegadas.

“Él todavía no sabe lo que pasó”, dijo Jéssica, sosteniendo sus codos en sus manos. “Todavía no sé cómo le voy a decir”. Cuando Gámez llegó, Jéssica se lanzó hacia él. “Hermano, por favor, perdóname”, le decía.

Mientras los hermanos avanzaban en el tráfico hacia el hospital, Jéssica trató de explicar lo que había sucedido. Pero su hermano no comprendió completamente que su hija estaba con muerte cerebral hasta que la vio.

Yacía en una cama de hospital, los ojos entornados, enterrados debajo de los tubos de respiración y las gotitas intravenosas, rodeada de monitores. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

“Mi querida, mi querida, por favor”, dijo en voz baja, mientras le acariciaba la cabeza. “Por favor, si ves una luz, no vayas hacia ella, por favor”.

“Estoy aquí, te amo”, susurró.

Gámez pasó la noche a su lado, mientras sus esperanzas de que pudiera despertarse se desvanecían con cada pitido del monitor. Por la mañana, la gravedad de la condición de Heydi lo había hundido.

Cuando se sentó en el sofá en el apartamento de Jéssica al día siguiente, una expresión de incredulidad y dolor se apoderó de su rostro.

“Como padre, no tienes esperanzas ni sueños para ti mismo, todos tus sueños son para tus hijos”, dijo. “Todos mis sueños están en su corazón. Todos se han ido con ella”.

Gámez planea autorizar hoy al equipo médico para que le quiten el sistema de soporte vital a su hija. Para ese momento, habrán pasado juntos sus últimos cuatro días de vida.

Volver

Comentarios